Soberanías disueltas

Traducción de https://cortum.org/2021/09/23/sobiranies-dissoltes/

Hoy hay soberanistas por todas partes, pero ¿qué se ha hecho de la soberanía? Los nacionalistas se llaman soberanistas. La extrema derecha de Europa oriental también se hace llamar soberanista. Se podría pensar que la soberanía es hoy la pieza fundamental de la política europea. Pero, realmente, de soberanía encontramos muy poca.

Mientras Caixabank presentaba el ERE más grande de la historia de España, su consejo de administración se aumentaba escandalosamente el sueldo. Su presidente pasaba de ganar medio millón de euros a un millón y medio. ¿Qué hizo la ministra de Economía? Entre poco y nada: pidió empatía a los banqueros. Empatía también pidió la ministra de Transición Ecológica a las empresas eléctricas al comienzo de una escalada brutal del precio de la luz.

Hoy en Europa, de soberanía queda poca. Y menos aún habrá si hacemos caso a los llamados soberanistas. En el mundo, China es soberana, así como los Estados Unidos. Son países con capacidad de dirigir la economía. En cambio, en Europa, ni el Europarlamento es el Congreso de EEUU ni la Comisión Europea es la Casa Blanca. El mundo camina hacia un enfrentamiento de dos potencias y Europa está en medio, con sus soberanías disueltas. Las competencias reguladoras que antes tenían los estados no han pasado a órganos políticos europeos, sino que se han disuelto en los mercados. Los organismos reguladores independientes que han sustituido a los ministerios -como en España la CNMC- son copados por auténticos dogmáticos del libre mercado y la conformación del precio eléctrico es un buen ejemplo. Ni las facturas que deben pagar los hogares ni la competitividad industrial europea parecen influir para llegar a mecanismos de precios más justos.

Europa debe decidir si camina hacia una unión política y fiscal con capacidad de poner las riendas a unos capitales desbocados o si devuelve la capacidad soberana a los estados. La actual UE de los tratados se desentiende de la desigualdad que puede provocar una transición ecológica y una digitalización en manos de los mercados y sólo nos llevará a más protestas como la de los chalecos amarillos franceses. En el mundo que configuran los EEUU y China pienso que sería mucho mejor la primera opción, una Unión Europea política y fiscal fuerte. En todo caso, no podemos ir a la deriva, compitiendo con dos soberanías tan fuertes como la estadounidense y la china. No podemos terminar pidiendo empatía al Partido Comunista Chino y a la Casa Blanca.

Izquierda y autodeterminación? Centralismo? Federalismo !!!

Traducción del original publicado en Cortum https://cortum.org/2021/07/01/esquerra-i-autodeterminacio-centralisme-federalisme/

En una izquierda huérfana de intelectuales como la española y la catalana, destacan las excepciones de Jordi Solé Tura y Manuel Sacristán. Ambos introdujeron Gramsci en nuestro país. Dicen las malas lenguas que Solé Tura tradujo el Gramsci más eurocomunista y Sacristán el más leninista. Solé Tura sufrió dos de los principales problemas políticos de nuestro país: el primero, que el nacionalismo conservador acuse de anticatalán cualquier proyecto alternativo al de la derecha catalana y el segundo, el de la izquierda que le compra este marco. Desde la Lliga hasta el Procés, pasando por el pujolismo, cualquier proyecto alternativo de Cataluña ha sido tachado de anticatalán por la derecha y una parte de la izquierda.

Soleturisme es el ismo inventado por la derecha nacionalista y parte de la izquierda para hacer una lectura falaz de la obra de Solé Tura. Solé Tura nunca dijo que el catalanismo fuera propio de burgueses, sino todo lo contrario, como se puede comprobar leyendo su obra Catalanismo y revolución burguesa o Autonomías, federalismo y autodeterminación. Solé Tura sí argumentó su posición contraria a la autodeterminación. Los argumentos se pueden encontrar en su obra reeditada por El Viejo Topo. Si Solé Tura hubiera vivido la última década hay podría añadir nuevos. El consenso catalanista a favor de la autodeterminación es un falso consenso, dado que se desvanece cuando se acerca la realización de este supuesto derecho. Lo hemos vivido en Cataluña, cuando aquel Som el 80% basado en algunas encuestas de opiniones de 2012 desapareció en octubre del 17. Además, la experiencia escocesa también da nuevos argumentos contrarios. La repetición de los referendos de autodeterminación hasta conseguir un resultado favorable a la separación, tal como hoy proponen los nacionalistas escoceses nos lleva a la siguiente pregunta: ¿cada cuánto votamos? ¿Votamos hasta la separación, o también continuaremos votante después sobre la reincorporación? Independientemente de las respuestas, parece claro que no es nada serio un territorio que se constituye en un estado propio y se reincorpora en otro cada 4 años según escasas mayorías cambiantes.

Solé Tura contraponía la descentralización -autonomía y federalismo- a la autodeterminación, pero también al centralismo. Hoy hay voces, aunque minoritarias, que defienden un jacobinismo español. Es, sin embargo, este proyecto jacobino completamente ajeno al proyecto democrático español. Atención, que no digo que no sea democrático, y tanto que lo es en otros estados con una historia diferente a la nuestra. Tampoco digo que no tenga raíces históricas en España, y tanto que tiene, pero no de democráticas. Lo que nunca ha habido en España es una izquierda jacobina, y no es por casualidad. También lo explica Solé Tura. El estado español moderno se ha construido más en períodos autoritarios que no de democráticos. Con las excepciones del sexenio revolucionario, de la II República y de la Constitución de 1978 nuestro estado ha sido diseñado de manera autoritaria por élites centralistas ligadas al BOE. Todas las experiencias democráticas españolas han descentralizado el poder, es decir, han intentado debilitar estas élites antidemocráticas. Desde el fallido federalismo de la I República, los estatutos de la II República y el estado autonómico actual, democracia y descentralización son un binomio no por casualidad, sino por la historia de nuestro país, que es la que es, recordemos cuando el liberal Argüelles proclamó aquel «Españoles ya Tenes patria» en constituyente de 1812, que aquella patria duró sólo 2 años, porque uno de los Borbones se la volvió a apropiar.

El federalismo es la oportunidad de desarrollar las características propias de la diversidad de los pueblos de España, a la vez que se construye un proyecto nacional común. El estado de las autonomías ha funcionado razonablemente bien muchos años. Sin embargo, muestra ciertas limitaciones: Cataluña y el modelo de financiación son las principales. Por señalar algunos puntos fuertes podríamos observar la Generalitat Valenciana con un proyecto valencianista y federalista para España del gobierno del PSPV y Compromís -incomprensiblemente Podemos se apartó con la purga de su portavoz parlamentaria- para desarrollar la identidad propia valenciana con una vocación de construcción de una España plural. También cabe destacar la situación del País Vasco 10 años después de la disolución del terrorismo de ETA. Hoy el País Vasco tiene una economía dinámica con vocación global y un autogobierno para preservar su identidad local. Alguien podría decir que es gracias a un injusto sistema de financiación y no seré yo quien lo niegue. Hoy, los enemigos de la solución federal serían seguramente, y en este orden, la inercia centralista de los elementos neofranquistas del estado y el poder económico ligado en el BOE, la deslealtad del nacionalismo catalán hacia la federación y la defensa de la foralidad premoderna del País Vasco y Navarra. A pesar de la dificultad de implementar un estado federal, el trabajo que tiene que hacer la izquierda es defender la cultura federalista, ganar hegemonía que diría Gramsci, para continuar construyendo en democracia un estado que reconozca la diversidad, pero también la vocación común de ser España.

Nostalgia, estado del bienestar y familia

Traducción automática del original en catalán: https://cortum.org/2021/06/08/nostalgia-estat-del-benestar-i-familia/

Pues si vemos lo presente cómo en un punto se es ido y acabado, si juzgamos sabiamente, daremos lo no venido por pasado. No se engañe nadie, no, pensando que ha de durar lo que espera, más que duró lo que vio, pues que todo tiene que pasar por tal manera.

(Jorge Manrique)

La nostalgia es hoy la más fuerte de las emociones políticas. Hubo otra emoción política, la de la confianza en el progreso, vinculada tanto al pensamiento cristiano como el socialista, que se basaba en la certeza de que el mundo del mañana sería mejor, al igual que el mundo de hoy es mejor que el del pasado. Cuando hablo de emociones políticas no quiero limitar el término al ámbito sentimental, sino a la etimología: emoción proviene del latín emotio, que a su vez proviene de emovere. Una emoción es lo que hace que algo se mueva. Entonces, una emoción política es lo que hace que la gente se movilice políticamente.

Uno de los autores que mejor explica la fuerza política de la nostalgia es Mark Lille en la introducción de su obra La mente naufragada. Lille dice que «la nostalgia puede ser una motivación política poderosa, quizás más poderosa que la esperanza. Las esperanzas pueden verse decepcionadas, pero la nostalgia es irrefutable ». La nostalgia no es historia, dado que no reconstruye científicamente el pasado, ni tampoco busca la verdad. La nostalgia política busca una reacción contra un presente, pero no lo hace prometiendo un futuro mejor -si lo hiciera sería un pensamiento revolucionario-, sino el recuerdo de un pasado que fue mejor, o mejor dicho, que pensamos mejor. En ambos casos, tanto en el pensamiento reaccionario como en el revolucionario, el presente falla. Ahora bien, mientras el revolucionario mantiene la fe en el progreso, el reaccionario ya la ha perdido. El nostálgico no reacciona contra un programa político revolucionario, sino contra su fracaso. Creo que es importante señalarlo para diferenciar un fascista de un reaccionario. El fascismo es una también una reacción, mas no contra el pasado sino contra una posibilidad revolucionaria. En cambio, la nostalgia es una emoción tras una derrota del progresismo. Aunque fascismo y reacción pueden tener puntos en común, el fascismo es una exaltación del futuro que quiere limpiar del pasado. Recordemos que el movimiento cultural que acompañó Mussolini era el de los futuristas que exaltaban la juventud y la máquina. También Hitler y su arquitecto Speer abominaban del pasado cuando proyectaron derribar el viejo Berlín -que los nazis consideraban decadente- para construir la nueva Capital Mundial Germania. Además, hay que reconocer que no es lo mismo una nostalgia andamio sobre el Imperio de los Austrias en el caso del neofranquismo español o sobre la gloriosa Edad Media catalana en el caso del nacionalismo catalán, que sobre el Estado del bienestar anterior a la etapa del neoliberalismo.

Todos hemos leído titulares como que esta generación de jóvenes será la primera en vivir peor que el anterior o que hoy un trabajador de 30 años cobra el 50% de que un trabajador de la misma edad hace 30 años. Seguro que nos hemos encontrado también noticias que señalan la dificultad de acceso a la vivienda hoy y como un joven debe destinar cada vez mayores porcentajes de su sueldo al alquiler o bien los pisos cuestan cada veces más años de salarios. Todo esto nos indica que la idea de progreso se ha roto, al menos para la generación más joven. Además, es sencillo construir un discurso reaccionario: «tengo envidia de cómo vivía la generación de mis padres». Si tus padres nacieron en los años 60, por qué no debes tenerlos-la? De jóvenes vivieron la transición, fueron adultos con la democracia, participaron de la huelga general del 14-D y experimentaron la transformación social, económica y política más grande de la historia de España. Estrenaron el Estado del bienestar, y también lo despidieron. Con 30 años cobraban el doble que un joven de hoy, pagaban un piso con menos años de salario y muchos, incluso, tuvieron acceso a la compra de una segunda residencia para el verano. Sobre todo, fueron los últimos a vivir mejor que la generación anterior. Como para no envidiarles!

Hacer una crítica a este discurso nostálgico porque es reaccionario sólo hace que negar los efectos negativos del neoliberalismo en la vida de las clases trabajadoras y populares españolas. Quien afirme que la generación de los padres de los que hoy son jóvenes no vivió mejor estará reafirmando el neoliberalismo. 30 años hablando de cómo el neoliberalismo y sus recortes empeoraban la vida, y ahora no se vivía mejor antes? La respuesta no puede ser histórica. Claro que antes había más homofobia y los gays no se podían casar. Muchos avances científicos y médicos no existían. La esperanza de vida era más corta. Los coches ahora corren más. La fibra y las series de Netflix llegan a todos los hogares. Puedes escaparte de fin de semana en Praga. Pero, a pesar de todo, muchos jóvenes envidian la vida de sus padres.

Además, esta nostalgia no es sólo material, sino cultural. La reivindicación de y la familia suena extraña a la izquierda. Pero la izquierda no puede oponerse a las expresiones de las emociones populares. Es el Zeitgeist. Los recortes han hecho más fuertes los lazos familiares en España. Si antes de 1991 un trabajador podía superar una situación de desempleo con 3 años de prestación al 100%, hoy la diferencia para un parado entre dormir en un cajero o en casa es la familia. La insuficiencia del estado del bienestar hace que por una buena parte de la clase trabajadora la familia haya sido esta década la red para no caer en la exclusión social. La familia es una institución que en España ha funcionado según aquella máxima comunista de «de cada cual según su capacidad y cada uno según sus necesidades». La disolución de los vínculos orgánicos no deseados, como pueden ser la familia o la patria, son valores neoliberales que la izquierda les ha apoyado, pero contra los que un sentimiento popular se rebela. Los sentidos comunes escindidos de izquierda y pueblo son evidentes en este tema, cuando lo que está en cuestión no es la ley del divorcio, el matrimonio gay o el derecho al aborto -que hoy no se discuten- sino el reconocimiento cultural de la familia. Según el último estudio del CIS sobre las actitudes de los españoles sobre la familia el 96,2% estaban bastante satisfechos o muy satisfechos con su familia. La familia era la institución mejor valorada por los españoles, que además, destacaban mayoritariamente que su función era la de proporcionar amor a sus miembros. Estos son los datos sobre la valoración de la familia en nuestro país, para que las valore la izquierda que quiera construir un proyecto para su disolución.

 

(Nota: quien siga con atención la prensa puede deducir que este Átomo versa sobre el discurso de la periodista y escritora Ana Iris Simón en La Moncloa. No va desencaminado. No he querido citarla, ni a Simón ni a ninguno de los numerosos artículos que ha provocado -más de 10 en El País, El Mundo, ABC, un par en El Periódico, y muchos más-, la mayoría alabando un discurso que se viralizar a redes sociales. No he querido hacerlo, porque pienso que el tema sí se ha de tratar, porque refleja un Zeitgeist generacional y una enmienda cultural en la última década de la izquierda, pero también tengo la certeza de que los debates culturales caen fácilmente en la falacia del hombre (o mujer ) de paja. es por ello, que pienso que es mejor no hacerse corresponsable de lo que otros dicen o callan, sino de lo que cada uno dice o escribe).

Catalunya será la Generalitat o no será

El Procés fue una cursa de astucias contra el reloj, pero nadie ha vuelto a conseguir sacar mejores conejos de la chistera que Artur Mas. Hoy que de la chistera quedan solo los jirones, y el pobre conejo sufre la mixomatosis, los trucos del mago Puigdemont y su asistente Torra recuerdan a aquel Calvero de la película Candilejas de Chaplin.

A Puigdemont le está costando que su nuevo partido salga bien. Ni La Crida ni el nuevo Junts sin el PDECAT han acabado de funcionar como esperaba. Juntsdemont va por detrás de ERC en las encuestas y ha decidido que necesita más tiempo. Todo debía estar preparado para este mes en el que la inhabilitación de Torra daría paso a la convocatoria de nuevas elecciones autonómicas.

Como Juntsdemont necesita más tiempo para ver si ERC se abrasa con la nefasta gestión de la crisis del Covid de sus consellers, andan mirando qué se inventan para ganar algunos meses. Ahí están, elucubrando la enésima degradación institucional, con la concurrencia de la ERC y la CUP. Son incapaces de decirle a Torra que no, que no le inhabilitan por defender el derecho a la libertad de expresión, sino porque hizo trampas durante la campaña electoral, porque la fachada de la Generalitat no es ningún emplazamiento legítimo de propaganda electoral a favor de una opción ideológica. Dicen buscar una salida desobediente y honrosa para las instituciones. Pero lo único que consiguen es erosionar aún más la institucionalidad del autogobierno y la propia existencia de Catalunya.

La propuesta de Juntsdemont, con el visto bueno de ERC, es descabezar la Generalitat dejándola sin Presidencia. Desguazar la institución, como si las naciones democráticas pudieran existir sin la institucionalidad. El pensamiento romántico noucentista de la nación preexistente a la institución es propio del nacionalismo, y es común que todos los nacionalistas crean que su nación es anterior incluso a la palabra para nombrarla. Sin embargo, la realidad es que a los catalanes no nos une ni un pasado común -en Catalunya es muy improbable encontrar a alguien con cuatro apellidos catalanes fuera del Parlament o de TV3-, ni una única lengua -mal que les pese a los activistas del Koiné-, ni ninguna religión -mal que le pese a Torras i Bages-. A los catalanes nos une la voluntad civil de serlo. Erosionando la institucionalidad de autogobierno (la Generalitat) el nacionalismo disuelve la Cataluña que hemos construido juntos, la única que a día de hoy existe.

What the hell es una república solidaria y plurinacional?

No sé a quién se le pudo ocurrir la extravagante idea de que facilitar a Juan Carlos la salida al extranjero y su permanencia en paradero desconocido iba a sacar los focos sobre Felipe VI. Hay quien parece que le hable a un niño consentido. Hay que evitar el berrinche, ale, ale, qué transparente y ejemplar todo. ¿En qué país se ha instalado Juan Carlos? Todo transparente. ¿Quién va a pagar su estancia? Ejemplaridad. ¿Y la seguridad a cuenta de quién corre? Más transparencia si cabe.

La monarquía es una institución ejemplar y transparente. El actual rey no tiene nada que ver con su padre, porque todo el mundo sabe que accedió al cargo tras ganarse la plaza en las oposiciones del amor de su pueblo. Ale, ale, no llores mi niño. ¿Quieres ser rey pese a que nadie te quiera? Puedes serlo. No te enfades. Si ya sabes que no podemos evitarlo. Haz lo que te dé la gana. Bueno, poder evitarlo sí podríamos, pero nos corta esa amenaza constante de los tuyos a romper la baraja. Nos da miedo que te dé un berrinche. Un régimen constitucional puede sobrevivir con un apoyo menguante, ya lo estamos viendo; pero uno nuevo no puede sustituirlo sin un gran apoyo. Punto a favor del statu quo. Al rey no le importa ser rey de solo una parte de los españoles mientras continúe siendo rey. Apuntado.

Ya lo ha dejado claro Pablo Iglesias. “Tarde o temprano los jóvenes en nuestro país impulsarán una república en España”. Ay, si esto le hubiera pillado más joven, pero claro, ahora con hijos e hipoteca ya no se puede echar uno la manta a la cabeza. Para eso están los jóvenes. Si no son los de mañana, pues ya serán los de la tarde. Además, como la Generación Covid lo lleva claro para consolidar un proyecto estable de vida, esos van a tener toda la vida para liarla parda. Qué suerte.

Eso sí, que no falte la publicidad. República solidaria y plurinacional. Da igual que sea la primera vez que los españoles oyen eso de la república solidaria. ¿Qué es? Da lo mismo, suena bien. En España tenía tradición lo de “república democrática de trabajadores de toda clase”, pero debe sonar antiguo, muy largo, poco efectivo. Mejor algo nuevo. Total que para lo que va a durar. En otoño llega alguna nueva campaña.