Traducción automática del original en catalán: https://cortum.org/2021/06/08/nostalgia-estat-del-benestar-i-familia/
Pues si vemos lo presente cómo en un punto se es ido y acabado, si juzgamos sabiamente, daremos lo no venido por pasado. No se engañe nadie, no, pensando que ha de durar lo que espera, más que duró lo que vio, pues que todo tiene que pasar por tal manera.
(Jorge Manrique)
La nostalgia es hoy la más fuerte de las emociones políticas. Hubo otra emoción política, la de la confianza en el progreso, vinculada tanto al pensamiento cristiano como el socialista, que se basaba en la certeza de que el mundo del mañana sería mejor, al igual que el mundo de hoy es mejor que el del pasado. Cuando hablo de emociones políticas no quiero limitar el término al ámbito sentimental, sino a la etimología: emoción proviene del latín emotio, que a su vez proviene de emovere. Una emoción es lo que hace que algo se mueva. Entonces, una emoción política es lo que hace que la gente se movilice políticamente.
Uno de los autores que mejor explica la fuerza política de la nostalgia es Mark Lille en la introducción de su obra La mente naufragada. Lille dice que «la nostalgia puede ser una motivación política poderosa, quizás más poderosa que la esperanza. Las esperanzas pueden verse decepcionadas, pero la nostalgia es irrefutable ». La nostalgia no es historia, dado que no reconstruye científicamente el pasado, ni tampoco busca la verdad. La nostalgia política busca una reacción contra un presente, pero no lo hace prometiendo un futuro mejor -si lo hiciera sería un pensamiento revolucionario-, sino el recuerdo de un pasado que fue mejor, o mejor dicho, que pensamos mejor. En ambos casos, tanto en el pensamiento reaccionario como en el revolucionario, el presente falla. Ahora bien, mientras el revolucionario mantiene la fe en el progreso, el reaccionario ya la ha perdido. El nostálgico no reacciona contra un programa político revolucionario, sino contra su fracaso. Creo que es importante señalarlo para diferenciar un fascista de un reaccionario. El fascismo es una también una reacción, mas no contra el pasado sino contra una posibilidad revolucionaria. En cambio, la nostalgia es una emoción tras una derrota del progresismo. Aunque fascismo y reacción pueden tener puntos en común, el fascismo es una exaltación del futuro que quiere limpiar del pasado. Recordemos que el movimiento cultural que acompañó Mussolini era el de los futuristas que exaltaban la juventud y la máquina. También Hitler y su arquitecto Speer abominaban del pasado cuando proyectaron derribar el viejo Berlín -que los nazis consideraban decadente- para construir la nueva Capital Mundial Germania. Además, hay que reconocer que no es lo mismo una nostalgia andamio sobre el Imperio de los Austrias en el caso del neofranquismo español o sobre la gloriosa Edad Media catalana en el caso del nacionalismo catalán, que sobre el Estado del bienestar anterior a la etapa del neoliberalismo.
Todos hemos leído titulares como que esta generación de jóvenes será la primera en vivir peor que el anterior o que hoy un trabajador de 30 años cobra el 50% de que un trabajador de la misma edad hace 30 años. Seguro que nos hemos encontrado también noticias que señalan la dificultad de acceso a la vivienda hoy y como un joven debe destinar cada vez mayores porcentajes de su sueldo al alquiler o bien los pisos cuestan cada veces más años de salarios. Todo esto nos indica que la idea de progreso se ha roto, al menos para la generación más joven. Además, es sencillo construir un discurso reaccionario: «tengo envidia de cómo vivía la generación de mis padres». Si tus padres nacieron en los años 60, por qué no debes tenerlos-la? De jóvenes vivieron la transición, fueron adultos con la democracia, participaron de la huelga general del 14-D y experimentaron la transformación social, económica y política más grande de la historia de España. Estrenaron el Estado del bienestar, y también lo despidieron. Con 30 años cobraban el doble que un joven de hoy, pagaban un piso con menos años de salario y muchos, incluso, tuvieron acceso a la compra de una segunda residencia para el verano. Sobre todo, fueron los últimos a vivir mejor que la generación anterior. Como para no envidiarles!
Hacer una crítica a este discurso nostálgico porque es reaccionario sólo hace que negar los efectos negativos del neoliberalismo en la vida de las clases trabajadoras y populares españolas. Quien afirme que la generación de los padres de los que hoy son jóvenes no vivió mejor estará reafirmando el neoliberalismo. 30 años hablando de cómo el neoliberalismo y sus recortes empeoraban la vida, y ahora no se vivía mejor antes? La respuesta no puede ser histórica. Claro que antes había más homofobia y los gays no se podían casar. Muchos avances científicos y médicos no existían. La esperanza de vida era más corta. Los coches ahora corren más. La fibra y las series de Netflix llegan a todos los hogares. Puedes escaparte de fin de semana en Praga. Pero, a pesar de todo, muchos jóvenes envidian la vida de sus padres.
Además, esta nostalgia no es sólo material, sino cultural. La reivindicación de y la familia suena extraña a la izquierda. Pero la izquierda no puede oponerse a las expresiones de las emociones populares. Es el Zeitgeist. Los recortes han hecho más fuertes los lazos familiares en España. Si antes de 1991 un trabajador podía superar una situación de desempleo con 3 años de prestación al 100%, hoy la diferencia para un parado entre dormir en un cajero o en casa es la familia. La insuficiencia del estado del bienestar hace que por una buena parte de la clase trabajadora la familia haya sido esta década la red para no caer en la exclusión social. La familia es una institución que en España ha funcionado según aquella máxima comunista de «de cada cual según su capacidad y cada uno según sus necesidades». La disolución de los vínculos orgánicos no deseados, como pueden ser la familia o la patria, son valores neoliberales que la izquierda les ha apoyado, pero contra los que un sentimiento popular se rebela. Los sentidos comunes escindidos de izquierda y pueblo son evidentes en este tema, cuando lo que está en cuestión no es la ley del divorcio, el matrimonio gay o el derecho al aborto -que hoy no se discuten- sino el reconocimiento cultural de la familia. Según el último estudio del CIS sobre las actitudes de los españoles sobre la familia el 96,2% estaban bastante satisfechos o muy satisfechos con su familia. La familia era la institución mejor valorada por los españoles, que además, destacaban mayoritariamente que su función era la de proporcionar amor a sus miembros. Estos son los datos sobre la valoración de la familia en nuestro país, para que las valore la izquierda que quiera construir un proyecto para su disolución.
(Nota: quien siga con atención la prensa puede deducir que este Átomo versa sobre el discurso de la periodista y escritora Ana Iris Simón en La Moncloa. No va desencaminado. No he querido citarla, ni a Simón ni a ninguno de los numerosos artículos que ha provocado -más de 10 en El País, El Mundo, ABC, un par en El Periódico, y muchos más-, la mayoría alabando un discurso que se viralizar a redes sociales. No he querido hacerlo, porque pienso que el tema sí se ha de tratar, porque refleja un Zeitgeist generacional y una enmienda cultural en la última década de la izquierda, pero también tengo la certeza de que los debates culturales caen fácilmente en la falacia del hombre (o mujer ) de paja. es por ello, que pienso que es mejor no hacerse corresponsable de lo que otros dicen o callan, sino de lo que cada uno dice o escribe).